sábado, 10 de marzo de 2012

Izazaga


Por Sebastian Molina
Izazaga

Pútrido como siempre, debajo de un puente con olor a orina y al lado de un puesto de jugos con mas de una semana de almacenar. Grita sentado desde su sillón hecho de mierda:

-¡Hay lugar, Hay lugar!

Entro. No recuerdo cuanto hay que pagar, ¿4 o 3.50?, depende. Doy una moneda de 5, espero el cambio. No lo cuento; me alejo lo mas posible.
Suena el estéreo a mas no poder. Es un sonido distorsionado, a duras penas puedes distinguir un golpeteo gracias al retumbar que provocan las bocinas sobre todo cuerpo cercano. A pesar de esto hay gente que conoce la pieza y la tararea.

Alguna vez vi un video de un niño arrimando la verga a su propia madre y familia al ritmo de lo que me rompe los tímpanos. Gente que se va al infierno, pero no sabe por qué. Triste.

Volteo la mochila para poderla abrir, miro alrededor. No hay nadie observando, prosigo y saco unos auriculares. No hay lugar. Me iré parado. Me siento sucio al recordar, al ver la gente. Tal vez me confeso al llegar a casa. Me observan tal vez notaron algo diferente, tal vez vieron algo dentro de mi mochila, algo que no quería que vieran. Rap suena en mi celular, le subo el volumen y me amalgamo con el ambiente.

No soy un religioso

Me imagino en una lata de sardinas cilíndrica. Apretado y bañado en el jugo. Los asientos parecen inexistentes y no hay diferencia si la gente está sentada o parada. Una potente línea de bajo con batería suena en mi cabeza, asiento con la cabeza y miro al rededor.

1 comentario:

  1. El día a día. La cara amarga de la ciudad.. un submundo en donde todos vivimos con los ojos cerrados, a medio dormir.. sin conciencia.

    ResponderEliminar