Existen muchas situaciones, ideas, actitudes, comentarios, actos, etc., que los seres humanos realizamos todos los días, que afectan tanto a las personas más cercanas a nosotros, como a aquellos a los que ni si quiera conocemos. Acciones que tienen un impacto en los demás, intereses y desintereses que provocan una reacción, positiva o negativa, en lo que sucede en nuestro mundo. Hoy quiero hacer una comparación muy fuerte y muy triste. Tuve la oportunidad de escuchar a un hombre que, una vez más, ha cambiado mi forma de ver al ser humano; este hombre es Max Daniel Halpert, nacido en Budapest, Hungría, en 1924.
Yo estaba sentado en el piso, en medio de un montón de gente que de igual forma no alcanzaron silla, entre los que estaban muchos interesados, igual que yo, en lo que estábamos por escuchar, pues sabíamos que aquello iba a impactar de manera directa y penetrante en nuestra alma.
Un video con imágenes atroces comenzó a reproducirse a través del proyector y el ruido de la gente continuaba rezumbando en toda la sala. El video cesó y entró un hombre elegante, delgado, de 87 años de edad, a tomar su lugar en una mesa al frente de todo el auditorio; un lugar pequeño para la cantidad de asistentes que habíamos logrado entrar, y que parecíamos un montón de niños sentados al rededor de una fogata preparados para escuchar una historia. Una horrible historia.
El hombre fue presentado y comenzó a hablar en un acento extranjero muy agradable. Conforme su relato proseguía, el silencio fue inundando el lugar. Nuestras caras comenzaban a adquirir un tono gris, devastado; mi garganta se cerró en diferentes ocasiones, tragándome las lágrimas que no quería dejar escapar, pues sabía que una vez libres, no cesarían. Escuchaba la voz quebrada de aquel hombre y mis ojos se humedecían, al mismo tiempo que escuchaba las más horribles vivencias que un ser humano puede pasar; un vagón repleto de seres humanos asustados, hambrientos, sedientos, golpeados, enfermos; personas arrojándose por voluntad propia (si puede llamársele así) contra cercas eléctricas para terminar de una vez por todas con el sufrimiento; plagas de piojos por las condiciones tan insalubres; escaso alimento para miles de personas a la intemperie, en pleno invierno, con zapatos agujerados, pesando 35 kilogramos; ofensas, muertes humillantes de amigos, conocidos, familiares, ancianos, padres, mujeres, niños...
El terrible nudo en la garganta se prolongó durante toda la sesión (hora y media), con intervalos de una voz que en momentos se derrumbaba, se componía, vacilaba, pero que en ningún momento se apagaba. El alma de ese ser humano había sido humillada de la manera más vil, y ahora compartía una breve anécdota de su sufrimiento, con un único objetivo: erradicar la injusticia, la discriminación, la intolerancia.
Este hombre había sido capturado por el ejército Nazi cuando contaba con 19 años de edad, por su condición judía. Su familia había sido separada y enviada a distintos campos de concentración, de los que únicamente sobrevivieron algunos pocos familiares, entre ellos su madre. Al ser liberado por el ejército soviético, se reencontró con su madre y años después, en su primera oportunidad, viajó a México, en donde se casó, tuvo 2 hijos y comenzó una nueva vida; sin olvidar ni el mínimo detalle de lo sucedido, pues aquello debe estar presente en la memoria de la humanidad por siempre. La huella dejada en el mundo por aquella mentalidad salvaje y asesina quedará tatuada, y he aquí la comparación que quiero hacer al respecto, si se me permite.
Lo sucedido en el holocausto de la Alemania Nazi no ha sido el único holocausto, pues en países de África, Sudamérica y hasta en nuestro propio país, con la matanza de indígenas, han sucedido este tipo de atrocidades. No es necesario que el número de muertos alcance los miles, pues con el simple hecho de discriminar a un homosexual, a una persona de raza diferente, de religión o ideología, se está cometiendo algo que originó la mentalidad de los que ocasionaron la matanza de millones de judíos. Es exactamente lo mismo, pues la intolerancia hacia una sola persona es como si estuviésemos de acuerdo con toda esa ideología que ocasionó todos y cada uno de aquellos horribles sucesos contra cada una de las personas inocentes que tuvieron la desgracia de "haber estado en ese preciso lugar, en ese preciso instante". Algunos afirman que el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial no sucedió, que es un invento. Yo afirmo, prometo, que a partir de hoy y después de haber presenciado, directamente a través de la voz de uno de esos hombres que logró sobrevivir al infierno del hombre, los sucesos que en verdad pasaron y que marcaron en todos los sentidos a toda la humanidad, no permitiré que esto se olvide y no permitiré ningún tipo de discriminación ni para mi persona, ni para la de nadie más.
Si quieren saber más de la historia, he aquí una carta que fue escrita a este hombre en otra visita en la que compartió, valientemente, su testimonio de vida:
Gracias, Max Daniel.
"Quedamos varias docenas de seres humanos hacinados en un vagón hasta no caber un alma más. Después de varios días de viaje en condiciones inhumanas finalmente llegué al campo de concentración de Bergen-Belsen".
"Recordaba todos los buenos momentos que había vivido antes de llegar al campo. Recordaba a toda la gente que quería y toda la gente que me había querido aunque ignorara si todavía vivía. Fue gracias a estos recuerdos que me salvé. Fue gracias a mi optimismo y a mis pensamientos de amor", dijo con la voz quebrada. Dijo con los ojos llenos de lágrimas.