Por Sebastian Molina
Izazaga
Pútrido como siempre, debajo de un puente con
olor a orina y al lado de un puesto de jugos con mas de una semana de
almacenar. Grita sentado desde su sillón hecho de mierda:
-¡Hay lugar, Hay lugar!
Entro. No recuerdo cuanto hay que pagar, ¿4 o
3.50?, depende. Doy una moneda de 5, espero el cambio. No lo cuento; me alejo
lo mas posible.
Suena el estéreo a mas no poder. Es un sonido
distorsionado, a duras penas puedes distinguir un golpeteo gracias al retumbar
que provocan las bocinas sobre todo cuerpo cercano. A pesar de esto hay gente
que conoce la pieza y la tararea.
Alguna vez vi un video de un niño arrimando la
verga a su propia madre y familia al ritmo de lo que me rompe los tímpanos.
Gente que se va al infierno, pero no sabe por qué. Triste.
Volteo la mochila para poderla abrir, miro
alrededor. No hay nadie observando, prosigo y saco unos auriculares. No hay
lugar. Me iré parado. Me siento sucio al recordar, al ver la gente. Tal vez me
confeso al llegar a casa. Me observan tal vez notaron algo diferente, tal vez
vieron algo dentro de mi mochila, algo que no quería que vieran. Rap suena en
mi celular, le subo el volumen y me amalgamo con el ambiente.
No soy un religioso
Me imagino en una lata de sardinas cilíndrica.
Apretado y bañado en el jugo. Los asientos parecen inexistentes y no hay
diferencia si la gente está sentada o parada. Una potente línea de bajo con
batería suena en mi cabeza, asiento con la cabeza y miro al rededor.