lunes, 19 de marzo de 2012

My Iron Lung

Escrito por: Federica Porcu.

My Iron Lung.

No había muchas cosas claras en su vida. Nada decidido ni nada seguro. Había sido tal vez esa inseguridad que la llevó a la muerte, esa constante inseguridad. Había algo vulgar en su dolor, un toque sucio de egoísmo, de teatralidad. Nunca se cansaba de ver películas, infinidades de películas, tumbada en su cama con los pies descalzos. Se puede decir que era lo único que hacía, encerrada en su casa día y noche. Pero no veía todas las películas, era de hecho selectiva, pues sólo veía las mudas, exclusivamente películas mudas en blanco y negro.
Además, actuaba muy bien, pero actuaba para ella misma; se dedicaba sus espectáculos y era orgullosa de ello. Era muy buena. A veces se hallaba en el suelo de su cuarto, rascando con las uñas los muebles y llorando antes silenciosamente y luego escandalosamente, con furia, hasta que terminaba agotada con los ojos en blanco y los dedos sangrantes. Y luego se quedaba fumando delante de las ventanas abiertas y hacía que sus gestos fueran lo más estéticos posibles, imaginando cómo se vería esa escena en una película muda de los años 20.
Quizás de tanto imaginar su vida como una de esas películas, su cuerpo perdió gradualmente el color: su piel se volvió grisácea, sus ojos negros y su cabello blanco como las nubes. Le falló entonces la vista y empezó a ver el mundo en blanco y negro, y por algunos días fue verdaderamente feliz. Veía todo como el humo que entraba y salía con clase de su tierna boca. Ya no había imperfecciones. No más dientes amarillos, no más piel manchada, sólo formas perfectas, lo más perfectas posibles. Entonces empezó a salir, a conocer el mundo que en blanco y negro le parecía infinitamente más hermoso. Las personas, las caras de las personas, los ojos de las personas eran reales sólo en esos colores. Se olvidó de todo y empezó a follar. Follaba mucho y se sentía bien porque no había otra cosa que la llenase más que actuar, que fingir el placer. Se estremecía de placer bajo cuerpos hediondos, pero la verdad es que no podía sentir nada. No podía sentir dolor y mucho menos placer, el placer real que debía de ofuscarle la vista (al menos eso creía que pasaría).
Durmió mucho, un día, tanto que cuando despertó era diferente. Ya no podía escuchar nada. Ni el mínimo sonido penetraba sus orejas y tiró al suelo muchos libros, rompió muchas lámparas, que sólo podía ver hacerse pedazos en el suelo sin producir el mínimo sonido. La pérdida del oído fue más difícil de aceptar. No volvió a salir de su casa y empezó a tenerle miedo a todo. Hasta viendo sus películas volteaba numerosas veces hacia la puerta, por el temor de que alguien cuyos pasos no podía escuchar se presentara ahí para matarla.
Cuando perdió la voz,  ni se pudo dar cuenta. La pérdida de su voz grave fue la gota que colmó el vaso. Escondió sus dedos en su cabellera rubia y lloró hasta el desmayo. Era una imagen. Tan sólo una imagen, al igual que las elegantes mujeres de sus películas. Se había convertido en lo que soñaba, había logrado la perfección que buscaba, pero no se sentía feliz como debía de sentirse, como creía que iba a sentirse.
Y así perdió la razón, que fue lo último que perdió antes de perderlo todo, y repetidas veces gritaba lo que no podía gritar y lloraba lo que le quedaba por llorar. Lloró hasta el final. En su cuarto, acurrucada en el suelo, temblaba por el frío de la muerte próxima. La última lágrima le ralló la cara y mientras pasaba cargada de sal, parecía incluso que su rostro cobraba nuevamente su color.