My Iron Lung.
No había muchas
cosas claras en su vida. Nada decidido ni nada seguro. Había sido tal vez esa
inseguridad que la llevó a la muerte, esa constante inseguridad. Había algo
vulgar en su dolor, un toque sucio de egoísmo, de teatralidad. Nunca se cansaba
de ver películas, infinidades de películas, tumbada en su cama con los pies
descalzos. Se puede decir que era lo único que hacía, encerrada en su casa día
y noche. Pero no veía todas las películas, era de hecho selectiva, pues sólo
veía las mudas, exclusivamente películas mudas en blanco y negro.
Además, actuaba
muy bien, pero actuaba para ella misma; se dedicaba sus espectáculos y era
orgullosa de ello. Era muy buena. A veces se hallaba en el suelo de su cuarto,
rascando con las uñas los muebles y llorando antes silenciosamente y luego
escandalosamente, con furia, hasta que terminaba agotada con los ojos en blanco
y los dedos sangrantes. Y luego se quedaba fumando delante de las ventanas
abiertas y hacía que sus gestos fueran lo más estéticos posibles, imaginando
cómo se vería esa escena en una película muda de los años 20.
Quizás de tanto
imaginar su vida como una de esas películas, su cuerpo perdió gradualmente el
color: su piel se volvió grisácea, sus ojos negros y su cabello blanco como las
nubes. Le falló entonces la vista y empezó a ver el mundo en blanco y negro, y
por algunos días fue verdaderamente feliz. Veía todo como el humo que entraba y
salía con clase de su tierna boca. Ya no había imperfecciones. No más dientes
amarillos, no más piel manchada, sólo formas perfectas, lo más perfectas
posibles. Entonces empezó a salir, a conocer el mundo que en blanco y negro le
parecía infinitamente más hermoso. Las personas, las caras de las personas, los
ojos de las personas eran reales sólo en esos colores. Se olvidó de todo y
empezó a follar. Follaba mucho y se sentía bien porque no había otra cosa que
la llenase más que actuar, que fingir el placer. Se estremecía de placer bajo
cuerpos hediondos, pero la verdad es que no podía sentir nada. No podía sentir
dolor y mucho menos placer, el placer real que debía de ofuscarle la vista (al
menos eso creía que pasaría).
Durmió mucho, un
día, tanto que cuando despertó era diferente. Ya no podía escuchar nada. Ni el
mínimo sonido penetraba sus orejas y tiró al suelo muchos libros, rompió muchas
lámparas, que sólo podía ver hacerse pedazos en el suelo sin producir el mínimo
sonido. La pérdida del oído fue más difícil de aceptar. No volvió a salir de su
casa y empezó a tenerle miedo a todo. Hasta viendo sus películas volteaba
numerosas veces hacia la puerta, por el temor de que alguien cuyos pasos no
podía escuchar se presentara ahí para matarla.
Cuando perdió la
voz, ni se pudo dar cuenta. La pérdida
de su voz grave fue la gota que colmó el vaso. Escondió sus dedos en su
cabellera rubia y lloró hasta el desmayo. Era una imagen. Tan sólo una imagen,
al igual que las elegantes mujeres de sus películas. Se había convertido en lo
que soñaba, había logrado la perfección que buscaba, pero no se sentía feliz
como debía de sentirse, como creía que iba a sentirse.
Y así perdió la
razón, que fue lo último que perdió antes de perderlo todo, y repetidas veces
gritaba lo que no podía gritar y lloraba lo que le quedaba por llorar. Lloró
hasta el final. En su cuarto, acurrucada en el suelo, temblaba por el frío de
la muerte próxima. La última lágrima le ralló la cara y mientras pasaba cargada
de sal, parecía incluso que su rostro cobraba nuevamente su color.