Por: Daniel Anaya
Aplausos:
comida para gato.
No me encantó la textura,
¡pero la salsa! Gourmet.
Fumemos smog, música antigua
y "zoociedad" o suciedad...
miradas y diversidad;
luego, abandono, basura.
Gritos, silbidos,
melodías, arte:
caricaturas de nuestra vecindad.
Nuestras sábanas secándose al balcón.
Suspensión de actividades,
¡una moneda por favor!
Muertos de mentiritas
y arte en el suelo:
Rodolfo Peralta.
Suelas y tacones en 5 minutos.
Destrucción, soledad.
Salvación: Los Canallas.
La Pasarela en el alto, literalmente.
Hot!
La Capital.
Vestidos cortos $900,
no incluye composturas.
"Llevan al Piojo a revivir zombis", sopes
gorditas de chicharrón, tacos dorados.
Rechinido, rechinido, rechinido, rechinido...
todos los lunes, luego:
"Tacos el silencioso".
Olor a jabón, caguamón de $35
y Sor Juana volteada hacia
la puerta para no vernos.
El Ojo de Noche
sábado, 19 de octubre de 2013
martes, 15 de mayo de 2012
sábado, 5 de mayo de 2012
Serie "Instinto": Capítulo 1, El cuerpo (parte 1)
Escrita por: Daniel Anaya.
Marcus Stewart se encontraba en el centro del salón; un lugar pequeño,
polvoriento y completamente oscuro. Entre los presentes se encontraban otras
once personas sentadas muy cerca de la mesa de disección. Varias veladoras
colocadas estratégicamente alrededor del salón y sobre la mesa bailaban
nerviosas, alumbrando tenuemente la reunión secreta en mitad de la noche. Un
cadáver de un hombre adulto reposaba desnudo sobre la mesa, siendo alumbrado por las veladoras y observado silenciosamente
por los caballeros que rodeaban su cuerpo.
- ¿Qué piensan ustedes de la muerte? ¿A caso no le tememos de tal forma
que somos capaces de vender nuestra alma al Diablo con tal de evitarla? O eso
es lo que parece haber hecho nuestro amigo presente; parece haber jugado con el
mismísimo Diablo a las escondidas. – Marcus hizo una pausa, analizando el
cuerpo con el ceño fruncido. – Esto que podemos observar sobre su pecho – dijo
señalando con un delgado apuntador las horribles heridas abiertas – parecen ser
rasguños de alguna bestia, pero de no haber sido encontrado en el bosque, ni si
quiera al aire libre, parecería insensato. Entonces, ¿qué lo pudo haber
provocado?
Dirigió el apuntador hacia las piernas del cadáver, señalando en
diferentes áreas.
- Pueden observar también sus hematomas; están en diferentes áreas
dispares de su piel, por lo que tampoco parece haber sido causadas por una
simple caída. ¿Conocíamos la reputación de este hombre? ¿A qué se dedicaba? Si
no me equivoco, era un hombre tranquilo, soltero. Trabajaba en un taller de calzado.
No se mezclaba en las borracheras de sus compañeros ni en las riñas que
escandalizaban el vecindario.
Los ojos de los once hombres recorrían curiosamente el pálido cadáver,
observando los golpes, las heridas, la sangre coagulada. Curiosamente, aquel
cuerpo tenía las uñas recortadas y en buen estado, el cabello limpio, la piel
joven. Se había tratado de una persona de clase media, por lo menos.
- Las condiciones en que fue encontrado este hombre son escalofriantes. Por
supuesto, fue encontrado como lo tenemos aquí, completamente desnudo. Estaba en
su propia casa, sobre la mesa del comedor, la cual había sido cubierta con un
mantel negro. El cadáver cabía perfectamente sobre la misma, a todo lo largo. Alrededor
de su cuerpo habían cuatro veladoras; una a la altura de su cabeza, una a sus
pies, y dos más junto a cada uno de sus hombros – Marcus señalaba con el
apuntador mientras describía la escena.
Un par de hombres dirigieron inmediatamente su mirada asombrada hacia el
rostro de Marcus.
- Así es caballeros, las veladoras formaban una cruz latina con su cuerpo.
Marcus guardó silencio, sintiendo la tensión que había generado en los
presentes. El frío del salón era intenso y el vaho salía de la boca de algunos
de ellos. La iluminación era muy tenue y apenas se alcanzaba a ver más allá de
los asientos de los presentes, que cada vez se acercaban más al cuerpo.
- ¿Alguien tiene idea de cuál era el color de las veladoras que formaban
la cruz?
- ¿Eran negras? – respondió tímidamente George.
- No, mi estimado George Wilde, no eran negras; aunque vas por buen
camino. Supongo que en tu mente está danzando la macabra idea de un ritual
satánico en el que hayan sacrificado la vida de este pobre hombre, ¿cierto?
¿Alguien más?
- ¿Eran de color violeta? – contestó alguien entre la multitud.
- Incorrecto.
Silencio absoluto.
- Eran de color rojo, mis estimados colegas; y estaban encendidas cuando
llegamos; la cera se derramaba por los costados y sobre el mantel, pues habían
estado encendidas toda la noche. La llamada de auxilio la dio la señora
Catherine, vecina de nuestro amigo difunto, quien dijo haber escuchado cómo
reventaron las ventanas de la casa de nuestra víctima. Al asomarse a ver lo que
había sucedido, pudo observar una sombra salir a toda prisa del lugar. Algunos
vecinos también se despertaron con el ruido y acudieron a ver lo que pasaba,
pero cuando entraron al lugar, el impacto de la escena los hizo salir
despavoridos hacia la iglesia. Muchos de ellos por miedo decidieron pasar la
noche ahí. – ¡Esto es obra del Diablo! ¡Nuestro pueblo está maldito! –
gritaban. Pues bien, ahora somos nosotros los que tenemos que resolver esto
antes de que la gente tome antorchas y armas para ir a buscar a su demonio y se
arme un acabose en este lugar. Ustedes están del lado de la ciencia, ¿cierto?
Los presentes tardaron unos segundos en reaccionar, pasmados por la
historia, y muy por lo bajo susurraron al unísono – Por supuesto, sí, así es -.
Marcus, después de mirarlos detenidamente a cada uno de ellos, fijó su
mirada en el cadáver, con el ceño fruncido, concentrado. Matthew tragó saliva;
tenía la quijada rígida y la respiración entrecortada. Era un joven aprendiz de
criminalística y, por sus altas calificaciones y reconocimiento escolar, había
sido invitado a participar en el selecto grupo de investigación paralelo al
trabajo de la policía local, pero era todavía muy joven para soportar las
escenas que estudiaban y los perversos actos humanos que perseguían. Marcus lo
sabía, pero también estaba seguro de que ese joven era lo suficientemente capaz
como para colaborar con ellos y soportar mentalmente del trabajo; una vez
formado, sería uno de los miembros más activos y productivos del grupo.
- ¿Qué es eso, Marcus? – Preguntó Richard, señalando la boca del cadáver.
Marcus fijó su vista en los labios del mismo y frunció aún más el ceño.
Tomó un abate lenguas de una bolsa esterilizada y abrió los labios del muerto.
Inmediatamente corrió por una de las comisuras un espeso fluido de sangre
oscura. La boca del cadáver estaba repleta de sangre y sus dientes estaban
destrozados; se podían observar algunos pedazos de ellos entre la misma sangre
que fluía desde su boca. Los pedazos de diente que se mantenían pegados a las
encías del hombre parecían pequeños dientes de tiburón, algunos terminaban en
punta, algunos otros eran sólo la mitad de lo que habían sido, y había también
espacios en donde había desaparecido el diente por completo. Algunos suspiros
escaparon de un par de los presentes. Marcus, concentrado, intercambió miradas de
intriga con Richard. La sangre dejó de fluir de la boca del muerto. Los hombres
estaban impactados; la frente pálida de Matthew mostraba unas pequeñas gotitas
de sudor frío, y su mirada mostraba un miedo profundo que casi le hacía salir
corriendo del lugar, de no ser porque estaban completamente solos, a la mitad
de la noche, lo cual le causaba todavía más miedo.
- Bien Richard, muy bien. – dijo Marcus lentamente
- He visto un poco de sangre en una de las comisuras; además, no lucía
normal la forma de sus labios, parecía que hubiese tenido algo dentro.
- Parece que tenemos más trabajo del que pensábamos. Tenemos que
identificar quién o qué provocó los rasguños, los moretones, y por qué es que
este individuo se encontraba con los dientes destrozados, desnudo, encima de
una mesa, en medio de lo que parece un ritual satánico. George, tú y yo iremos mañana
a primera hora a revisar la casa de este hombre; he ordenado que la policía
cuide que nadie entre a la escena del crimen hasta que nosotros lleguemos.
Richard y Matthew, ustedes lleven el cadáver con sumo cuidado a la morgue, no
quiero que lo agiten demasiado. Tomen una muestra de la sangre que ha salido de
su boca y consérvenla, aún no estamos completamente seguros de que es suya… Y sí,
también de los dientes. Los demás investiguen todos los datos de la vida de
este hombre, su familia, sus conocidos, amigos, dinero, propiedades, todo. Ah,
y aquel que tenga miedo puede comenzar por investigar en libros sobre brujería,
magia negra y satanismo. Que tengan dulces sueños, compañeros. ¡A trabajar!
Marcus dio media vuelta enérgicamente, haciendo ondear su gabardina. Las
veladoras que iluminaban el cadáver se apagaron al instante hacia su dirección,
dejando un camino de humo vacilante. Él giró su cabeza en dirección al cadáver un par de segundos, y siguió su camino hacia la oscuridad del pasillo
fuera del salón.
+++
Próximo sábado: El cuerpo (parte 2)
martes, 1 de mayo de 2012
La noche
Me gusta la noche porque sabe todo de mí. Me
ha visto al desnudo y sin escrúpulos. Habla mi idioma, me escucha y si hace
falta llora conmigo. Me manda a la Luna para que me acompañe. Al silencio para
que me ensordezca y a veces, a la oscuridad para pasarla en vela.
Me gusta la noche porque me abraza. La
noche me conoce tan bien que hay veces que pienso que ha sido ella quien me ha inventado. Quien
me ha llamado a escribir la vida con ella. Justo ahora en el ocaso, cuando
parece que la creación descansa.
La noche sabe que yo sé por qué existe. Sabe
que noto nuestro pensar al unísono. La noche está más despierta que el día. Más
sola que el desierto, pero más sabia que
cualquier profeta. Más desolada incluso que la muerte, pero también es más
creadora que ese mismo a quien llamamos
Dios.
La noche no brilla para aquellos que son
ciegos, es muda para aquellos que deciden ser sordos, y absurda para aquellos
que sólo saben ser testarudos. ¿Por qué la gente duerme si la noche tiene tantas
cosas que contarnos?
La noche guarda secretos que muchos ni habrán de imaginarse. Cuando escribo me los cuenta. Y confieso que
no ignoro el por qué. La noche me habla porque sabe que la escucho, que estoy
alerta; sola como ella, gritando en
silencios, llorando en sonrisas.
Cómo me gusta la noche. Siempre puntual para
llegar conmigo cuando más la espero. Y ya sin rodeos, he de decir sin
remordimiento alguno, que me gusta la noche porque sé muy bien que ella también
gusta de mí.
Daniela
Díaz Blancarte.
jueves, 19 de abril de 2012
Sentada en una banca en medio de la noche, con los ojos cerrados;
tus manos sobre mis hombros recorriéndose hasta mi pecho,
subiendo hacia mi cuello. Entonces sentí tu beso tibio sobre mi frente.
Sobre mi piel siento un estremecimiento. Entonces abro los ojos;
veo tus labios con una sonrisa levemente retorcida,
con tus ojos fijos en mí.
Después, simplemente despierto.
Por: Verónica Villarreal.
lunes, 16 de abril de 2012
Fotografía: "El otro mundo"
miércoles, 11 de abril de 2012
Tú me haces volar
Escrito por: JEn Reji
Comencé a sentir el viento de una forma extraña, no era igual al que solía sentir cada mañana al despertar, era solemne, fresco y cálido, con ese sentido acogedor y confortante que agrada. Pero a la vez que se enfrentaba con mis poros, era arrogante y agresivo. Me asusté y quise saber la razón por la cual no se filtraba en mí con facilidad. De pronto, un sentimiento de desesperación me atrapó como una camisa de fuerza de la cual no podía salir por más que lo intentaba, yendo de un lado a otro, agitándome para escapar; hasta que vi su rostro, y me perdí en la intensidad de su mirar, ¡todo era perfecto!, pero había una cosa que no podía entender, ¿por qué me miraba como si fuera tan pequeña, mucho más de lo usual?¿por qué me sentía como si él observará un insecto por curiosidad, tal vez como una mariposa? Volví a verlo tratando de encontrar la respuesta; pero sin antes pensarlo, la gravedad de la tierra me acogió yaciéndome en un vórtice de adrenalina y miedo como si cayera en un hoyo negro. Tuve fe, y me volví hacia él. Vi extender sus suaves manos en las que me sostuvo frágilmente, hasta que desplegué mis alas y me atreví a volar, fluyendo incesante, deseando nunca parar. Fue entonces cuando lo divise por última vez, escuchando a su suave voz decirme. ¡Te dejó en libertad!
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